martes, 23 de marzo de 2010

Factores de riesgo en la violencia de pareja: FACTORES SOCIALES

Diversos estresores sociales pueden incrementar el riesgo de que se produzca violencia contra la mujer en la pareja y favorecer que algunas mujeres asuman esta conducta como natural y adecuada.

En el caso de las mujeres víctimas, cabe destacar los siguientes factores sociales de riesgo:
  1. Dependencia económica del agresor, que contribuye al desequilibrio de poder en la relación de pareja y que la coloca en una situación de vulnerabilidad ante el maltrato. Aunque toda mujer puede padecer este tipo de violencia, sea cual sea su nivel socioeconómico, aquellas con una menor formación y con escasos recursos tienen más dificultades para hacer frente a la situación.
  2. Carencia de apoyo familiar y social: es altamente probable que el agresor haya contribuido al aislamiento social de la víctima (restringiendo sus relaciones, actividades, salidas de casa, etc.). Sin este apoyo puede resultar difícil (o imposible) salir con éxito de la espiral de violencia.
  3. Escaso apoyo institucional: la respuesta policial y judicial suele ser insuficiente e inadecuada. Por ello, las víctimas no se atreven ni a abandonar la relación violenta ni a denunciar al agresor. Este hecho se hace especialmente evidente en aquellas circunstancias en las que la vida de la víctima corre peligro (situación que se produce con mucha frecuencia cuando, tras denunciar reiteradas veces al agresor, decide separarse o divorciarse, o cuando ya lo ha hecho). En efecto, es durante la separación o el divorcio cuando se dispara el número de asesinatos de mujeres a manos de su pareja.
  4. Insuficientes recursos y redes de apoyo social: lo habitual es que falte la necesaria red de apoyo a la mujer víctima de violencia en las relaciones de pareja. En particular, faltan casas de acogida para las víctimas y, sobre todo, son insuficientes (cuando no, simplemente, inexistentes) las ayudas para la inserción laboral de las que se encuentre n desempleadas. Los motivos que suelen aducir las mujeres maltratadas para no denunciar su situación o para no separarse de su agresor son diversos: coexistencia de sentimientos ambivalentes, falta de recurso económicos, incertidumbre por su futuro y el de sus hijos, sentimientos de autovalía y eficacia mermados, etc. En especial, la dependencia económica de la víctima hace que soporte en silencio durante años los malos tratos , y que el agresor saque provecho de esta situación.
  5. Victimización secundaria: hace referencia a la victimización que sufre la mujer por parte de las instituciones. El agresor suele presentar una doble fachada. Su capacidad de simulación es tal que engaña incluso a familiares y profesionales , haciéndoles creer que la víctima está desequilibrada. La mujer, por tanto, debe demostrar ante diversas instancias que está siendo maltratada, y puede ser, o no, creída. Además de lo dicho, la víctima frecuentemente debe pasar por la exposición pública de lo ocurrido, la demora de los juicios, etc.

En el caso de los hombres agresores, cabe destacar los siguientes estresores sociales:

  1. La falta de recursos económicos y el desempleo, debido a la carga de estrés que pueden generar. El bajo nivel educativo que, además de dificultar el acceso al trabajo, puede ir acompañado de la aceptación de un buen número de prejuicios –que sesgan la percepción del otro sexo–, así como de ciertos déficit en las habilidades sociales para la resolución de conflictos.
  2. La estructura y el funcionamiento de algunas instituciones contribuyen a la realimentación del problema de la violencia en las relaciones de pareja al reproducir un modelo de relación de poder vertical, autoritario y sexista, y crear un espacio simbólico propicio para el aprendizaje y la legitimación de las conductas violentas en el individuo (por ejemplo, instituciones educativas, laborales, judiciales, religiosas, medios de comunicación, etc.).
  3. El agresor puede sentirse legitimado en sus acciones si, desde las propias instituciones, se minimiza o justifica su comportamiento. Esto se produce, en especial, cuando habiendo cometido una acción punible contra otra persona (un delito), por el mero hecho de que ésta sea su pareja, se tengan en cuenta una serie de atenuantes en su favor. En ocasiones salen a la luz sentencias que, en lugar de disuadir acaban por convertir al agresor en un modelo a seguir por otros hombres. Además, algunos agresores perciben la denuncia como una muestra de insumisión que debe ser castigada, con lo que el peligro de sufrir una nueva agresión aumenta considerablemente.

A este respecto conviene subrayar que: Hay países donde las instituciones siguen tolerando la violencia contra la mujer en las relaciones de pareja, al considerarla un asunto familiar en el que no se debe intervenir. Esa violencia tolerada puede llegar a su forma extrema con la ejecución extrajudicial de la mujer, ya que se cree que con su conducta ha atentado contra el honor de su pareja y familia.

En otros países existen leyes específicas o artículos del código penal que tipifican este tipo de violencia. Sin embargo, no es extraño que quien padece de inmediato las consecuencias de la denuncia sea la propia mujer, quien muy a menudo debe abandonar el domicilio, sin recursos y con sus hijos. Además, la mayoría de los casos de violencia en las relaciones de pareja no se consideran delitos, sino faltas (incluso aquellos casos denunciados por amenaza de muerte). La diferencia entre una consideración y otra es determinante, ya que la pena que se aplica es mucho menor en el caso de la falta que del delito.

(Fuente: Informe internacional 2003 Violencia contra las mujeres en las relaciones de pareja; Centro Reina Sofia para el estudio de la violencia)




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