lunes, 24 de mayo de 2010

Formas y manifestaciones de la violencia contra la mujer: Dentro de la familia

La violencia contra la mujer asume numerosas formas distintas, que se manifiestan de manera continua, múltiples, interrelacionadas y a veces recurrentes. Puede comprender violencia física, sexual y psicológica - emocional, explotación y abuso de carácter económico..., ejercidos en diversos escenarios privados o públicos y en el mundo globalizado de hoy, trascendiendo las fronteras nacionales.

Dar nombre a las formas y manifestaciones de la violencia contra la mujer es un paso importante para llegar a reconocerlas y hacerles frente.

Las formas y manifestaciones de la violencia contra la mujer varían según los distintos contextos sociales, económicos, culturales y políticos. Puede ocurrir que la importancia de algunas crezca mientras las de otras disminuyan, a medida que las sociedades pasan por cambios demográficos, reestructuración económica y movimientos sociales y culturales. Por ejemplo, las nuevas tecnologías pueden generar nuevas formas de violencia, como el acecho, ocoso por Internet o por teléfono móvil. En consecuencia, ninguna lista de formas de violencia contra la mujer puede ser exhaustiva y los estados deben reconocer el carácter cambiante de la violencia contra la mujer y reaccionar ante las nuevas formas a medida que se las va reconociendo.

Violencia contra la mujer dentro de la familia


Las formas de violencia que puede experimentar una mujer dentro de la familia durante su vida comprenden desde la violencia antes del nacimiento hasta la violencia contra las mujeres ancianas.

Entre las formas de violencia contra la mujer en la familia que se detectan corrientemente figuran las siguientes:

  • Los golpes y otras formas de violencia dentro de la pareja, en particular la violación en el matrimonio
  • La violencia sexual
  • La violencia relacionada con la dote
  • El infanticidio femenino
  • El abuso sexual de las niñas en el hogar
  • La ablación o mutilación genital femenina y otras prácticas tradicionales nocivas para las mujeres
  • El matrimonio precoz
  • El matrimonio forzado
  • La violencia no proveniente de la pareja
  • La violencia cometida contra las trabajadoras domésticas, y otras formas de explotación.

Fuente: (Estudio sobre las formas de violencia hacia las mujeres O.N.U.)

jueves, 6 de mayo de 2010

Dos de cada diez niños maltratados se convierten en maltratadores

Los niños que viven la violencia machista en casa, unos 800.000 en España según el Ministerio de Igualdad, desarrollan problemas de base neurobiológica, cognitivos y emocionales, según un estudio del Centro Reina Sofia de estudio de la violencia. Algunos de los resultados de este estudio, que se presentará a finales de año, se desprende que dos de cada diez niños han sido maltratados o testigos de la violencia de género se convierten en maltratadores por lo que se denomina "transmisión generacional de la violencia.


Cuando se analiza a los maltratadores, entre cuatro y cinco de cada diez, reconocen haber vivido en un ambiente de violencia machista o haber sufrido directamente los malos tratos por parte de sus padres durante la infancia.


Otro estudio puesto en marcha por el Centro Reina Sofía con jóvenes infractores de la Comunidad Valenciana reveló, además, que la cuarta parte de los jóvenes que tienen modelos próximos de violencia, presentan esta transmisión intergeneracional, pues un 40% agrede a su madre u otras mujeres de su familia, el 23,3% a los padres (ambos), el diez por ciento a su pareja o ex pareja y el tres por ciento a su hijo. El 30 por ciento restante suele agredir a otras personas de su entorno.


El maltrato daña hasta extremos inimaginables a los niños, provocándoles en numerosas ocasiones distorsiones cognitivas acerca del mundo o distorsiones emocionales y se deben a que los malos tratos no dejan inmune la biología que subyace a estos procesos.


Los niños que observan la violencia desarrollan mucho estrés, produciendo una hormona en sangre (cortisón) cuya sobreabundancia daña estructuras cerebrales que están ligadas al control de la conducta agresiva o violenta, como son las amígdalas y el hipocampo.


Además, estos niños pueden tener distorsiones cognitivas de cómo relacionarse en la pareja, porque de la observación de la violencia en el marco de la pareja, pueden aprender que la violencia es un recurso que puede usarse para la resolución rápida y efectiva de problemas y de conflictos, también desarrollan una baja autoestima por sentimiento de culpabilidad y el comportamiento violento hacia compañeros.


El Centro Reina Sofía estima que el 40 por ciento de los hijos de víctimas de violencia de género han sido testigos de ella, mientras que un 21,3 por ciento ha sufrido directamente malos tratos y tres de cada diez, han sido a la par víctimas y testigo. En el año 2008, los niños estaban presentes en el doce por ciento de los asesinatos de mujeres a manos de sus parejas o ex parejas.

martes, 4 de mayo de 2010

El papel de los hombres en la violencia de género

Uno de los mayores éxitos de la cultura patriarcal es haber hecho del artificio omnipresente del androcentrismo algo que, por natural, resulta invisible, de manera que la identificación de los valores culturales no se ha hecho con los hombres, sino con lo general. Y, del mismo modo que la violencia como conducta social se ha hecho invisible, cuando se han conocido los casos, especialmente durante estos últimos años, los autores de los mismos, los hombres responsables de cada uno de ellos, también han permanecido invisibles. No han sido negados, puesto que este mecanismo sería, como ya hemos visto, ineficaz, sino apartándolos, expulsándolos del grupo de hombres representado como el estándar social. De manera que cada uno de los agresores ha sido considerado como un loco, un psicópata o alguien que estaba bajo los efectos de sustancias tóxicas –bien alcohol o cualquier tipo de droga–, y la mejor manera de demostrar esto era la propia agresión hacia la mujer, algo considerado como anormal o patológico (Lorente, 2004).

Siempre que se habla de violencia de género se habla de mujeres, de lo que ellas hacen o dejan de hacer, de por qué lo hacen o por qué no lo han hecho, de cómo es posible que hayan aguantado tanto o de cómo se desdicen después de haber dado ese paso… todo son preguntas que guardan respuestas que, de alguna manera, cuestionan la conducta de las mujeres ante la violencia que sufren. Pero muy pocas veces se lanzan cuestiones sobre el elemento principal, sobre los hombres que ejercen esa violencia y sobre los objetivos que persiguen y las motivaciones de las que parten. El hombre vuelve a ser el gran ausente en unas conductas protagonizadas por él, para así evitar su responsabilidad social, tanto en la construcción de las conductas, como en la autoría de los casos. Al hablar del hombre como autor de las agresiones, no debemos incurrir en un nuevo error, y ocultar con él al hombre, o a los hombres, como responsable de la violencia de género.
Es la cultura patriarcal, aquélla desarrollada por los hombres tomando como referencia sus propios elementos, valores y deseos, e identificada con la generalidad y lo natural, para así hacer de la masculinidad la cultura, la que parte de una concepción jerarquizada que lleva a la desigualdad y, en consecuencia, a la resolución de los conflictos de manera violenta, pues si existe desigualdad significa que hay una posición con más poder que otra, y, habitualmente, quien está en una posición de poder renuncia a resolver los problemas de manera consensuada y recurre a la imposición para obtener beneficios particulares, algo que, si además está legitimado por el componente cultural, no sólo parece natural, sino que además resulta invisible (Hilberman, 1980; Connell, 1995).

Es por ello que los hombres y la masculinidad tienen una doble responsabilidad en la violencia de género, que han de asumir para la solución definitiva del problema y hacia la que hay que dirigir medidas específicas, pues, de lo contrario, lo que interpretan como un conflicto permanecerá y sus manifestaciones se agravarán.

Fuente: (Violencia de género, educación y socialización: acciones y reacciones; Miguel Lorente Acosta)

domingo, 2 de mayo de 2010

¿Y TÚ, QUÉ HARÍAS?

La violencia contra las mujeres maduras se manifiesta contra su sentimiento, en lo interno; contra su cuerpo en lo físico y contra su actividad en la vida social. En cuanto a lo afectivo, para las mayores, se anuncia la tradicional desvalorización de las mujeres por la cesación de su capacidad reproductora, acompañada de la supuesta disminución de la respuesta erótica femenina.


Los tipos de vejaciones que contempla la violencia de género son variados: abusos, malos tratos físicos, psicológicos, sociales y económicos. Sin embargo, la mayoría de ellos presentan un punto en común: hacen valer la superioridad del hombre sobre la mujer, poniendo de manifiesto una desigualdad de poder, y con ello, la discriminación de la mujer respecto al hombre.


Las cifras oficiales son aterradoras y aún así hay que considerarlas con gran cautela, sobre todo, en las mujeres de mayor edad, ya que un gran número de casos de maltrato no sale de las puertas del hogar. De estos casos, es de los que menos se sabe, ya que existen una serie de factores, entre otros, la educación recibida por este grupo de población que hace que aumente el grado de vulnerabilidad de las propias víctimas a la hora de denunciar.

Este grupo de maltratadas contrajo matrimonio bajo unas premisas en las que las mujeres tenían que obedecer a sus maridos, callar, no protestar y aguantar por el bien de la familia. Además de las dificultades relacionadas con la socialización recibida por las víctimas (sobrevaloran el matrimonio, la familia, no aceptan su fracaso matrimonial, niegan el problema, tienen miedo de afrontar las responsabilidades solas, ...), esas víctimas encuentran numerosas dificultades, tales como: de tipo económico: (son dependientes, no tienen un lugar a dónde ir, carecen de medios económicos o no reciben pensión, ...); de tipo afectivo (sienten pena del agresor, creen que él las quiere, no tienen apoyos suficientes en los familiares y amigos para abandonarlo, ...); dificultades que son consecuencias psicológicas del maltrato recibido (tienen destruida su confianza, su autoestima, no responden, se bloquean, no reaccionan, son incapaces de dar respuesta a las agresiones que están sufriendo, se culpabilizan de la situación, temen que la denuncia no surta efecto, que la sociedad las mire mal, sienten presión y vergüenza por parte de la familia, amigos, ...). Este cúmulo de circunstancias provoca que las mujeres de mayor edad sean las que menos denuncian, las que más aguantan y de las que menos se sabe. A esto hay que añadir que muchas de estas mujeres llevan viviendo en esta situación durante muchos años, lo que les lleva en ocasiones a la normalización de la violencia y a interiorizar el maltrato hasta al punto de no considerarlo como tal.

¿Y tú, qué harías?. Ponte en su lugar y piensa que estás encerrada con alguien con quien llevas viviendo la mayor parte de tu vida, de quien dependes emocional y económicamente, y ese alguien es en en el que has puesto toda tu confianza, tus expectativas personales y sociales, tus esperanzas e ilusiones. Es la persona con quien has decidido compartir tu vida, con la que has elegido tener tus hijos, con la que de cara a la sociedad todo debería ser perfecto, y ese alguien (el maltratador) te falla, y no podemos olvidar que estás solas, aislada, sin ayuda de nadie. Duro ¿Verdad? No es fácil romper con todo en la vida para nadie, pero es más difícil aún, cuando el sentimiento que gobierna tu vida es el miedo.

Los malos tratos a mujeres de mayor edad requieren una respuesta urgente. El cambio de mentalidad basado en la igualdad del hombre y la mujer es fundamental y debe hacerse desde la educación. Es la barrera que debemos atravesar.


Debemos aprender a manifestar públicamente nuestro rechazo a la violencia contra las mujeres, debemos asumir que tenemos la obligación de intervenir prestando una especial atención a las víctimas de violencia de género y en particular a este colectivo especialmente vulnerable por los factores culturales, sociales y económicos en los que han crecido.


Deben ponerse a disposición de las víctimas los recursos y apoyos suficiente: acceso preferente a residencias de mayores o a viviendas de protección oficial, ayudas asistenciales y económicas, así como reforzar las medidas de protección.

La sociedad ha tomado conciencia de que hay que seguir avanzando en lograr la verdadera igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres para erradicar de una vez por todas la violencia contra las mujeres.