sábado, 10 de noviembre de 2012

7 PASOS PARA SUPERAR EL MALTRATO PSICOLÓGICO (III)



Quinta fase: Decidir la condición.
 
Una condición es algo que tiene que ocurrir para que otra cosa ocurra. Referido al propio comportamiento, es la manera de pensar, sentir y actuar que facilita que algunas cosas nos ocurran y otras no. Las condiciones se adoptan, generalmente, de manera inconsciente e involuntaria, determinada por experiencias y relaciones pasadas, y por la forma habitual de responder ante distintas circunstancias. Cuanto más se comporta una persona decierta manera, más probable es que siga haciéndolo igual y, en consecuencia, que le sigan pasando las mismas cosas.

La condición de una situación viene definida por las dinámicas que la configuran; si llegamos a entenderlas, podremos predecir con cierta certeza lo que va a pasar después. Naturalmente, la capacidad de predicción es limitada, no sólo porque algunas dinámicas se nos escapan, sino también porque toda condición está siempre abierta a la intervención de casualidades imprevisibles que alteran los cursos más seguros. Una vez que se entiende la situación (fase cuatro), puede ponérsela nombre, o, por lo menos, describirla en una frase sencilla. Algunas situaciones son lo bastante complejas como para que puedan definirse de varias formas distintas, como resultado que son de circunstancias interrelacionadas o coincidentes. Decidir la condición es elegir, entre las distintas opciones presentes, una que preferimos a las demás. Redefinir la situación es darse cuenta de los cambios que han tenido lugar, y formular una nueva frase que encaje con las condiciones presentes. La gran ventaja de decidir la condición es que acaba con el desconcierto y permite concentrar las fuerzas en tomar las medidas apropiadas. Cierto es que la elección puede ser equivocada, por lo que siempre ha de tomarse esta decisión más como una hipótesis orientativa que como una verdad incuestionable.
Una vez decidida la condición de la situación es preciso decidir la propia condición, lo cual equivale a la autodefinición de la persona en esa circunstancia. Una de las mayores dificultades en el tratamiento de personas maltratadas es que, una vez que han optado por la condición de víctima, es muy difícil para ellas aceptar intervenciones que puedan sacarlas de su situación. Decidir la propia condición requiere tener en cuenta lo que la persona quiere para sí, y no solamente cual es la que más fácilmente parece encajar con lo que está viviendo en un momento preciso.
En resumen, decidir la condición es formular una hipótesis operativa sobre las dinámicas activas en una situación y elegir las más apropiadas para cambiarla en favor de la definición personal. Para hacerlo bien, es esencial considerarse a si mismo como una fuerza activa en el conjunto, algo que ya fue aprendido en la fase uno. La evaluación objetiva y realista de las dinámicas personales y de las dinámicas de la situación permite evitar dos errores extremos: Considerarse victima impotente de las circunstancias, ajeno a su desarrollo y confundir deseos y temores con expectativas más o menos probables. En toda situación hay dinámicas que determinan su evolución y las decisiones personales son una de ellas. Pero hay más, algunas completamente desconocidas e imprevisibles. En esta fase se forman modelos mentales de los distintos futuros posibles y se decide esforzarse para hacer cada vez más probable el que ha sido elegido. Se desarrolla así el sentido de propósito, que es el compromiso consciente, deliberado y responsable con el futuro personal.

Sexta fase: Actuar, no reaccionar.

Una vez que decidida la condición que mejor encaja con el futuro personal en construcción, sólo queda actuar con estrategia y efectividad para hacerlo realidad. Usando el lenguaje con toda propiedad, se puede decir que, en un momento dado, ni el pasado ni el futuro existen. El primero, porque ya no está. El segundo, porque todavía no ha llegado. Ambos son creaciones mentales, la primera basada en el recuerdo de acontecimientos, la segunda en proyecciones o modelos más o menos probables. Lo que si que existen, en ese mismo momento, son los efectos del pasado y las causas del futuro. Reaccionar es obrar conforme a las causas que han actuado sobre uno mismo. Es, en cierta forma, dar vida a una continuación del pasado. Por el contrario, actuar con visión de futuro, o “proaccionar”, como dicen los expertos en gestión empresarial estratégica es obrar de manera consciente y deliberada para ser causa del futuro. Cuanto más reactiva es una persona, menos poder tiene sobre su vida y más se convierte en esclavo de las circunstancias. Lo contrario ocurre en las personas proactivas.
 
Teniendo en cuenta  que todo lo que ocurre tiene que ver con la intencionalidad humana, con la relación natural causa-efecto o con el azar, se pueden definir tres formas de actuar:
Reacción: Respuesta automática de intencionalidad inconsciente a otras acciones o acontecimientos. La reacción es el efecto de otra causa o intención. Es la forma de actuar típica de los animales y se puede educar por reflejos condicionados.
 
Proacción: Acción deliberada de intencionalidad consciente, cuyo objetivo es ser causa de determinado acontecimiento o reacción. Es propia del ser humano emocionalmente inteligente. Se ve facilitada por un buen conocimiento y dominio de si mismo y por una acertada decisión sobre las condiciones operativas en cada situación.
Acción indiferente o espontánea. Su causa e intencionalidad no están claras, pero produce efectos. Puede ser una expresión de inclinaciones naturales o una respuesta intuitiva a determinada situación. Como no se sabe bien que es lo que la motiva, de la persona que obtiene buenos resultados actuando así de manera consistente y repetida decimos que tiene suerte, instinto o “baraka”. Hay gente a quien le ocurre exactamente lo contrario, mete la pata con regularidad y tiene definitivamente mala suerte. Es una observación interesante que la práctica regular de las técnicas de meditación y la toma de una actitud positiva ante la vida favorece la buena suerte, mientras que la tensión crónica y las actitudes negativas aumentan la mala.

La tarea en esta fase es desarrollar al máximo la proactividad y controlar las tendencias reactivas. Una persona en esta fase, siempre que está a punto de hacer algo, se pregunta si esa acción va a facilitar su nuestro futuro elegido, o si es una mera reacción a causas del pasado.

Al llegar a casa, Juan encuentra a su mujer tensa y depresiva. Su hijo adolescente le ha faltado al respeto y ella dice que necesita un correctivo. La primera reacción de Juan es quejarse de lo cansado que viene. La segunda, es enfadarse con su esposa, con su hijo o con los dos. Sin embargo, el futuro elegido de Juan es una familia unida y feliz con un hijo que se independiza progresivamente para convertirse en un hombre de provecho. En consecuencia, aplica las medidas proactivas apropiadas a la condición que ha elegido: consuela a su esposa, coincide con ella en que el chico está atravesando un periodo difícil y que para educarle es importante mantenerse serenos y tener una estrategia común. Por supuesto que se abstiene de reproches como “Si no lo hubieras mimado tanto” y “ya te dije yo que …”. Después llama al joven, y le pregunta si está en condiciones de hablar un rato. Si parece alterado, o enfrascado haciendo sus deberes, puede que sea mejor posponerlo para otro momento, porque lo que Juan tiene en mente no es una intervención puntual aislada, sino una conversación interactiva en la que su hijo pueda articular sus dificultades para comportarse. Puede ser que lo esté pasando mal por otras razones, y que necesite comprensión, apoyo y consejo. En todo caso, hay que exponerle la conducta que se espera de él, no como una imposición o en forma de reproche, sino como exposición razonable de lo que es la convivencia. Independientemente de los resultados inmediatos, Juan está trasmitiendo un ejemplo de acción proactiva. Es probable que el mero hecho de verle actuar así ayude al resto de su familia a reducir su reactividad y aumentar su proactividad. .


Fase séptima: Gestión creativa de la realidad.

Las personas que llegan a esta fase, cuyo estudio entra de lleno en el terreno de la Psicología Positiva, ya se han convertido en agentes de progreso personal y cultural.
 
Estabilizar lo que es bueno, cambiar lo que es malo. Cuando, a fuerza de práctica, una persona adquiere el hábito de la proactividad, empieza a crear a su alrededor un halo de seguridad y de confianza. Una persona que toma responsabilidad por su propia vida, que mantiene la calma, que sabe minimizar el daño, que comprende las situaciones y que actúa de manera proactiva para desarrollar las condiciones más favorables, es una joya para cualquier organización o sociedad. Además de su influencia saludable, su mera existencia es un ejemplo de que todos pueden aspirar a gestionar creativamente las situaciones más difíciles. No hay que asumir que las personas en esta fase son simplemente pacificas, comprensivas, bondadosas, dispuestas a ayudar, etc. Es cierto que todas esas actitudes suelen facilitar las relaciones interpersonales y llevan a un buen futuro, pero ser proactivo significa “actuar teniendo en cuenta las consecuencias de los propios actos en cada situación”. Una persona proactiva sabe muy bien y tiene muy claro lo que quiere, es decir, es firme en sus propósitos. Pero, como las situaciones son cambiantes, es, al mismo tiempo, flexible en su conducta. Algunas reacciones pueden parecer bondadosas a primera vista, pero son, después de todo, respuestas de pasado, que no tienen en cuenta el futuro y pueden ser inapropiadas. A veces, es mejor ser seco y distante que amable y cariñoso. La asertividad, que es una forma de expresión apropiada de la agresividad, puede ser una respuesta muy apropiada en algunas ocasiones. Por otra parte, hay situaciones estables en las que es necesario introducir un cambio, porque si se dejan evolucionar libremente llevan a la esterilidad, a la frustración o al agotamiento. Adaptarse reactivamente puede ser tan destructivo en estos casos como subvertir el orden establecido puede serlo en otros. Una cualidad que las personas en fase siete poseen en alto grado es la empatía, capacidad de percibir de manera intuitiva y directa los sentimientos y dinámicas psicológicas de los demás. Gracias a esta habilidad pueden entender y anticipar mejor las reacciones ajenas, lo cual facilita enormemente su acción proactiva. Por ejemplo, una persona puede mostrarse desagradable porque se siente amenazada, o por que está angustiada por sus propios problemas, o porque siente una malevolencia o desaprobación especial contra su interlocutor. Ante el mismo comportamiento, la respuesta proactiva será diferente según se perciban las causas del mismo.
 
Una persona reactiva, en cambio, actuará siempre igual, generalmente ocasionando mayor conflicto. Por otra parte, hay que tener en cuenta que, aunque la empatía enriquece de manera muy valiosa las relaciones humanas, las personas empáticas corren un cierto riesgo de ser manipuladas por psicópatas hábiles o de sufrir contagio de las emociones negativas ajenas. El complemento necesario de la empatía es la ecpatia (Rivera, 2004), definida como “proceso mental voluntario de exclusión de sentimientos, actitudes, pensamientos y motivaciones inducidas por otro”. Si la empatía es la capacidad de ponerse en el lugar de otro, la ecpatia es la capacidad de ponerse en el propio lugar. Una persona en fase siete sabe combinar empatía y ecpatia, no se deja engañar ni amedrantar, es consciente de que la madurez de los demás redunda en su propio beneficio, favorece la creatividad y el progreso ajenos sin renunciar al propio y contempla cada situación de estrés como una oportunidad para su desarrollo personal. Con mucha gente así, habrá pocas crisis en el mundo y las que se presenten serán fácilmente resueltas.
 
 
 

2 comentarios:

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    Vania
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